¿Qué Hizo Jesús Mientras Estuvo Muerto? El Secreto del Descenso a los Infiernos
Una de las afirmaciones más desconcertantes y, a menudo, malinterpretadas del Credo de los Apóstoles es la que profesamos cada domingo: "descendió a los infiernos". Para muchos, la imagen que evoca es la de Cristo visitando el reino de Satanás, el lugar del tormento eterno reservado para los condenados. Esta idea ha generado confusión y ha sido utilizada por críticos de la fe para atacar la coherencia de la doctrina cristiana. Sin embargo, la realidad teológica detrás de esta frase es infinitamente más profunda, más gloriosa y central para nuestra salvación de lo que la mayoría imagina. Lejos de ser un descenso a la Gehena de fuego, la bajada de Cristo a la "morada de los muertos" representa la culminación de su misión mesiánica y la extensión de su victoria redentora a cada alma justa que le había precedido.
Este artículo desvelará el auténtico significado de este misterio, explorando las Escrituras, la Tradición y el Magisterio de la Iglesia. Demostraremos que este acto no fue una derrota, sino una proclamación triunfal de la Buena Nueva en las profundidades de la muerte, un acto de liberación que rompió las cadenas que mantenían cautivos a los justos del Antiguo Testamento y abrió definitivamente las puertas del Cielo. Prepárese para redescubrir una verdad fundamental de nuestra fe, una que revela la inmensidad del amor y el poder de nuestro Redentor.
¿A qué "Infierno" Descendió Cristo?
El primer paso para comprender este artículo de fe es aclarar la terminología. La palabra española "infierno" es una traducción del latín infernus, que significa "lugar inferior". En el contexto del Credo, no se refiere al "infierno de la condenación" o Gehena, el estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y los bienaventurados [CIC 1033]. Más bien, se refiere a lo que el hebreo bíblico llama Sheol y el griego Hades: la morada de todos los muertos, tanto justos como injustos, que esperaban la venida del Redentor.
El Catecismo de la Iglesia Católica lo explica con precisión: "La Escritura llama infiernos, sheol, o hades a la morada de los muertos donde bajó Cristo después de muerto, porque los que se encontraban allí estaban privados de la visión de Dios" [CIC 633]. Este estado no implicaba necesariamente el tormento para todos. Jesús mismo, en la parábola del pobre Lázaro, habla del "seno de Abraham" como un lugar de consuelo para los justos que habían muerto antes de su venida (cf. Lc 16, 22-26). Era un estado de espera, una privación de la gloria celestial que aún no había sido inaugurada por el sacrificio de Cristo.
Por lo tanto, es un grave error teológico imaginar a Cristo descendiendo al lago de fuego para confraternizar con los demonios o para sufrir el castigo de los condenados. Su descenso fue como Salvador, no como uno más de los castigados. Como afirma un antiguo Concilio, "Jesús no bajó a los infiernos para liberar allí a los condenados ni para destruir el infierno de la condenación, sino para liberar a los justos que le habían precedido" (Cf. Concilio de Toledo IV, año 625).
El Testimonio de las Escrituras y la Tradición
La creencia en el descenso de Cristo a la morada de los muertos está firmemente arraigada en el Nuevo Testamento. San Pedro es quizás el más explícito. En su primera carta, declara que Cristo, "habiendo sido muerto en la carne pero vivificado en el espíritu, en el espíritu fue y predicó a los espíritus encarcelados" (1 P 3, 18-19). Más adelante, añade que "también a los muertos se les ha anunciado la Buena Nueva" (1 P 4, 6). Estas palabras no tendrían sentido si el "infierno" al que descendió fuera el de los condenados, pues para ellos ya no hay posibilidad de salvación. La predicación de Cristo estaba dirigida a aquellos que, habiendo vivido en la justicia, esperaban la redención prometida.
En el día de Pentecostés, San Pedro cita el Salmo 16 para explicar la Resurrección, afirmando que Dios no abandonaría el alma de su Santo en el Hades ni permitiría que viera la corrupción (cf. Hch 2, 24-27). Esto presupone que, entre su muerte y su resurrección, el alma de Cristo habitó en ese lugar. San Pablo también alude a este misterio cuando escribe: "'Subió', ¿qué quiere decir, sino que también había descendido primero a las partes más bajas de la tierra?" (Ef 4, 9).
La Tradición de la Iglesia ha meditado constantemente sobre este evento. Una antigua homilía para el Sábado Santo, citada en el Catecismo, lo describe con una belleza sobrecogedora:
"Un gran silencio reina hoy en la tierra... porque el Rey duerme. La tierra ha temblado y se ha calmado porque Dios se ha dormido en la carne y ha ido a despertar a los que dormían desde hacía siglos... Va a buscar a Adán, nuestro primer Padre... 'Levántate, tú que dormías, porque no te he creado para que permanezcas aquí encadenado en el infierno. Levántate de entre los muertos, yo soy la vida de los muertos'" [CIC 635].
Los Padres de la Iglesia, como San Ignacio de Antioquía, San Ireneo y San Melitón de Sardes, vieron en este descenso el cumplimiento de las profecías y el acto por el cual Cristo, el nuevo Adán, rescataba al viejo Adán y a toda su descendencia justa.
La Misión Liberadora de Cristo
El descenso de Cristo a los infiernos no fue un interludio pasivo, sino la fase final y culminante de su misión mesiánica. Fue un acto de poder soberano y de amor redentor. Jesús, como "el Príncipe de la vida" (Hch 3, 15), entró en el dominio de la muerte no como prisionero, sino como conquistador. Su propósito era claro: aplicar los frutos de su Redención a todas las generaciones que le habían precedido.
El Catecismo lo resume así: "El descenso a los infiernos es el pleno cumplimiento del anuncio evangélico de la salvación. Es la última fase de la misión mesiánica de Jesús, fase condensada en el tiempo pero inmensamente amplia en su significado real de extensión de la obra redentora a todos los hombres de todos los tiempos y de todos los lugares" [CIC 634].
Al descender al Sheol, Cristo fue a proclamar su victoria a las almas de los justos: a Abraham, Isaac y Jacob; a Moisés y los profetas; a Juan el Bautista y a todos aquellos que vivieron y murieron en la fe y la esperanza del Mesías. Les anunció que la espera había terminado, que el precio había sido pagado y que las puertas del Paraíso estaban ahora abiertas. Este es el momento dramático en que Cristo "aniquiló mediante la muerte al señor de la muerte, es decir, al Diablo y libertó a cuantos, por temor a la muerte, estaban de por vida sometidos a esclavitud" (Hb 2, 14-15).
Con este acto, Cristo demuestra que su señorío se extiende sobre todo el universo: "al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra y en los abismos" (Flp 2, 10). Su alma, unida a su Persona divina, santificó la morada de los muertos y la transformó de una prisión de espera en un umbral de gloria. Abrió las puertas del cielo, que habían estado cerradas por el pecado de Adán, para que los justos pudieran finalmente entrar en la visión beatífica de Dios.
El Significado para Nosotros Hoy
La doctrina del descenso de Cristo a los infiernos no es una mera curiosidad teológica; tiene implicaciones profundas para nuestra vida de fe. En primer lugar, nos asegura que no hay lugar, ni siquiera la muerte misma, que esté fuera del alcance del poder salvador de Cristo. Él ha santificado cada etapa de la existencia humana, desde el vientre de María hasta la tumba y la morada de los muertos. Para el creyente, la muerte ya no es una puerta a la oscuridad y la incertidumbre, sino un encuentro con el Cristo victorioso que tiene "las llaves de la muerte y del Hades" (Ap 1, 18).
En segundo lugar, este misterio revela la solidaridad de Cristo con toda la humanidad. Él experimentó la muerte como todos nosotros, compartiendo la condición humana en su totalidad, excepto en el pecado. Su descenso al Sheol es un acto de comunión con todos los que han muerto, mostrando que su amor redentor no conoce barreras de tiempo ni espacio. Todos los que se salvan, desde el justo Abel hasta el último hombre que muera en gracia de Dios, son salvados por el único sacrificio de Cristo en la Cruz, cuya eficacia se extiende a través de la historia.
Finalmente, este artículo de fe es una proclamación de esperanza. La victoria de Cristo sobre la muerte es total y definitiva. Al descender a las profundidades y resucitar al tercer día, ha destruido el poder del pecado y de la muerte. Para nosotros, que estamos unidos a Él por el Bautismo, su victoria es nuestra victoria. Nos da la certeza de que, si morimos en su amistad, no permaneceremos en la morada de los muertos, sino que seremos llevados por Él a la gloria del Padre.
Conclusión: El Triunfo Definitivo
El descenso de Jesucristo a los infiernos es una de las verdades más consoladoras y poderosas de nuestra fe. Lejos de ser una imagen sombría, es la crónica de una misión de rescate audaz y victoriosa. Es la afirmación de que el poder de Cristo es absoluto, que su amor es universal y que su victoria sobre la muerte es completa. Al profesar en el Credo que "descendió a los infiernos", no estamos recordando un momento de derrota, sino celebrando el momento en que el Rey de la Gloria irrumpió en el reino de las sombras para llevar a sus hijos a la luz eterna.
Que esta verdad ilumine nuestra comprensión de la Pascua y fortalezca nuestra esperanza en la vida eterna. Cristo ha vencido, y en Él, nosotros también somos vencedores sobre la muerte. Su descenso a las profundidades fue el preludio de su gloriosa ascensión, un camino que Él ha trazado para que todos los que creen en Él puedan seguirlo hasta la casa del Padre.