Biblia y Tradición

¿Quién decidió qué libros están en la Biblia? La historia que el protestantismo no quiere que sepas

El protestantismo a menudo acusa a la Iglesia Católica de 'añadir' libros a la Biblia, pero un examen riguroso de la historia revela una verdad sorprendente: fue la Iglesia Católica, guiada por el Espíritu Santo, la que discernió y definió el canon de las Sagradas Escrituras que los cristianos conocen hoy. Este artículo desvela la fascinante historia de cómo se formó la Biblia y por qué la autoridad de la Iglesia es indispensable para conocer la verdadera Palabra de Dios.

Catolicismo Sin Filtro2025-12-117 min
¿Quién decidió qué libros están en la Biblia? La historia que el protestantismo no quiere que sepas

¿Quién decidió qué libros están en la Biblia? La historia que el protestantismo no quiere que sepas

Una de las objeciones más comunes y, a la vez, más endebles del protestantismo contra la fe católica es la acusación de que la Iglesia “añadió” libros a la Biblia. Se refieren, por supuesto, a los siete libros deuterocanónicos del Antiguo Testamento que las biblias protestantes omiten. Esta afirmación, repetida hasta el cansancio desde los púlpitos evangélicos y en los debates de internet, se basa en una profunda ignorancia histórica y teológica. Lejos de “añadir” nada, fue la Iglesia Católica, y solo ella, la que con su autoridad apostólica discernió y definió el canon de las Sagradas Escrituras. La pregunta que los protestantes rara vez se hacen, y que desmonta todo su sistema, es: ¿cómo saben ellos qué libros pertenecen a la Biblia? La respuesta, aunque les pese, es que dependen de la misma Tradición y la misma Iglesia que rechazan.

Este artículo se sumerge en la historia de la formación del canon bíblico para demostrar que la idea de Sola Scriptura (la Biblia como única fuente de autoridad) es una contradicción en sus propios términos. Sin la autoridad de la Iglesia Católica, guiada por el Espíritu Santo, no tendríamos una Biblia. Es hora de que la verdad histórica prevalezca sobre la propaganda anticatólica.

El Antiguo Testamento: ¿Canon Palestinense o Canon Alejandrino?

Para entender la disputa sobre el Antiguo Testamento, es crucial conocer los dos “cánones” o listas de libros que circulaban en el judaísmo antes y durante la época de Cristo. El primero es el Canon Palestinense, utilizado por los judíos en Judea, escrito predominantemente en hebreo. El segundo es el Canon Alejandrino, también conocido como la Septuaginta (LXX), que era la traducción griega de las Escrituras utilizada por los judíos de la diáspora (la dispersión fuera de Palestina). La Septuaginta contenía los siete libros que los protestantes rechazan: Tobías, Judit, Sabiduría, Eclesiástico (Sirácida), Baruc, y 1 y 2 de Macabeos, además de fragmentos de Ester y Daniel.

¿Cuál de estas dos colecciones usaron Jesús y los Apóstoles? La evidencia del Nuevo Testamento es abrumadora. De las aproximadamente 350 citas del Antiguo Testamento que se encuentran en el Nuevo Testamento, ¡más de 300 provienen de la Septuaginta! [1]. Los autores del Nuevo Testamento, escribiendo en griego para una audiencia mayoritariamente de habla griega, utilizaron de forma natural y autoritativa la versión de las Escrituras que su gente conocía y amaba. Esto demuestra que los Apóstoles no se limitaron al canon hebreo más restringido que el judaísmo rabínico definiría mucho más tarde, en el Concilio de Jamnia (c. 90 d.C.), en parte como una reacción contra el cristianismo.

Los Padres de la Iglesia, los sucesores directos de los Apóstoles, continuaron esta práctica. Figuras como San Ireneo, San Justino Mártir y Tertuliano citan los libros deuterocanónicos como Escritura inspirada, sin hacer distinción alguna. La Iglesia primitiva, en su conjunto, recibió el canon alejandrino como su Antiguo Testamento. La idea de que estos libros son “apócrifos” o de menor autoridad es una invención tardía, popularizada por Martín Lutero en el siglo XVI. Lutero, en su afán por eliminar doctrinas católicas que no le gustaban (como la oración por los muertos, apoyada en 2 Macabeos 12, 43-46), decidió adoptar el canon judío post-cristiano, una decisión sin precedente en la historia de la Iglesia.

El discernimiento de la Iglesia: Los Concilios y el Canon

Contrariamente a la caricatura protestante, el canon de la Biblia no cayó del cielo ni fue producto de una votación secreta en el Concilio de Nicea. Fue un proceso de discernimiento que duró varios siglos, guiado por el Espíritu Santo a través de la vida y la autoridad de la Iglesia. La necesidad de un canon definitivo surgió por varias razones: para la liturgia (¿qué libros se leen en la Misa?), para la enseñanza (¿qué escritos son la base de la doctrina?) y para la apologética (¿cómo responder a las herejías, como la de Marción, que mutilaba las Escrituras?).

Los primeros pronunciamientos autoritativos sobre el canon provinieron de sínodos locales. El Concilio de Roma (382 d.C.), bajo el papado de San Dámaso I, promulgó una lista completa de los 73 libros de la Biblia (46 del Antiguo Testamento y 27 del Nuevo). Poco después, los Concilios de Hipona (393 d.C.) y Cartago (397 d.C. y 419 d.C.), con la influyente presencia de San Agustín, reafirmaron solemnemente este mismo canon. San Agustín lo expresa claramente: “Pero en cuanto a las Escrituras canónicas, [el lector] debe seguir el juicio de la mayor parte de las iglesias católicas; y entre éstas, ciertamente, las que han tenido el privilegio de ser sedes apostólicas y de recibir epístolas” (Sobre la Doctrina Cristiana 2, 8, 12). Para Agustín, la autoridad para determinar el canon no reside en el individuo, sino en el consenso de la Iglesia universal, especialmente la que está en comunión con Roma.

Este canon de 73 libros fue recibido y transmitido sin oposición seria en toda la cristiandad durante más de mil años. Fue reafirmado en el Concilio de Florencia (1442) y, finalmente, definido dogmáticamente en el Concilio de Trento (1546) en respuesta directa al desafío protestante. El decreto De Canonicis Scripturis de Trento no “creó” un nuevo canon, como afirman los polemistas anticatólicos, sino que reafirmó de manera infalible la fe constante y universal de la Iglesia desde el siglo IV. El Catecismo de la Iglesia Católica lo resume así: “Fue la Tradición apostólica la que hizo a la Iglesia discernir qué escritos constituían la lista de los Libros Santos” [CIC 120].

La contradicción de la Sola Scriptura

Aquí yace la paradoja irresoluble del protestantismo. El principio de Sola Scriptura sostiene que la Biblia es la única regla de fe y práctica. Pero la Biblia no viene con un índice de contenidos inspirado por Dios. No hay ningún libro en la Biblia que nos diga qué libros deberían estar en la Biblia. El canon es, por necesidad, una decisión extra-bíblica. Entonces, ¿cómo puede un protestante, basándose únicamente en la Biblia, saber que los 27 libros del Nuevo Testamento son los correctos? ¿O que los 66 libros de su biblia son los únicos inspirados?

La respuesta es que no puede. Para saber qué libros son canónicos, debe apelar a una autoridad fuera de la Biblia. Históricamente, esa autoridad es la Iglesia Católica. El protestante que acepta el canon del Nuevo Testamento (Mateo, Marcos, Lucas, Juan, etc.) está, sin saberlo, aceptando la autoridad de los obispos católicos de los Concilios de Hipona y Cartago. Está confiando en la Tradición que tanto denosta. Como dijo elocuentemente el converso Scott Hahn, el canon bíblico es “el talón de Aquiles de la Sola Scriptura”.

Martín Lutero y los demás reformadores se enfrentaron a este problema. Lutero, por ejemplo, tenía sus dudas sobre varios libros del Nuevo Testamento, como Hebreos, Santiago, Judas y Apocalipsis, a los que llamó “epístolas de paja” y relegó a un apéndice en su traducción. ¿Bajo qué autoridad? Bajo la suya propia. Esto abre la puerta al subjetivismo, donde cada individuo se convierte en su propio papa, decidiendo qué partes de la Biblia son “realmente” la Palabra de Dios. Si Lutero puede dudar del canon, ¿por qué no cualquier otro creyente?

Conclusión: La Biblia es un libro católico

La historia de la formación del canon bíblico es una poderosa apologética para la Iglesia Católica. Demuestra que la Biblia no es un libro que cayó del cielo en las manos de cada creyente individual, sino que es el libro de la Iglesia. Fue la Iglesia la que, a través de un largo proceso de oración, uso litúrgico y discernimiento apostólico, reconoció los escritos que el Espíritu Santo había inspirado. La Biblia nació del seno de la Iglesia; la Iglesia no nació de la Biblia.

La próxima vez que un protestante le acuse de seguir una Biblia con “libros extra”, puede responder con confianza. Pregúntele cómo sabe él que su canon es el correcto. Pregúntele por qué confía más en la decisión de Martín Lutero en el siglo XVI que en 1500 años de testimonio cristiano unánime. La verdad es que el canon protestante es un canon truncado, mutilado por la decisión de un solo hombre en rebelión contra la autoridad que Cristo estableció. La Biblia católica, con sus 73 libros, es la Biblia completa, la Biblia de los Apóstoles, la Biblia de los Padres de la Iglesia, la Biblia de la cristiandad histórica. Es, en definitiva, la Palabra de Dios tal como nos ha sido entregada por la única Iglesia que tiene la autoridad para hacerlo: la Iglesia Católica, Apostólica y Romana.

---

Referencias:

[1] "New Testament Use of the Old Testament". The Catholic Encyclopedia. New Advent. [https://www.newadvent.org/cathen/11252a.htm](https://www.newadvent.org/cathen/11252a.htm)

Video relacionado

¿Te interesó este artículo?

Suscribite a nuestro canal de YouTube para más contenido apologético.

Suscribite

Artículos relacionados